La incursión de la mexicana Saraí Aboites en la música no parece haber nacido de una decisión repentina, sino de una acumulación de recuerdos, sonidos familiares y búsquedas personales. Antes de la academia, antes de los recitales y de la vida orquestal, hubo un espacio íntimo donde la música ya estaba presente. Ella misma lo resume con una imagen sencilla y poderosa: “el silencio no existía: siempre había música sonando”. En ese ambiente de canciones románticas, rancheras, pop latinoamericano y alguna pieza clásica, la música no apareció como una disciplina, sino como una forma natural de convivencia.
Su primer acercamiento formal llegó con la flauta dulce en la preprimaria, experiencia que le dio una primera certeza: el deseo de continuar. Después vino la guitarra acústica, y más tarde una curiosidad cada vez más fuerte por los instrumentos de cuerda frotada. Esa curiosidad tuvo algo de revelación juvenil, influida por compañeros que tocaban violín y violonchelo, pero también por bandas como Apocalyptica y Rasputina, que le mostraron otro modo de escuchar las cuerdas. En ese tránsito, Aboites llegó incluso a vender su guitarra Gibson Les Paul para comprar un violín. El gesto dice mucho: no era solo cambiar de instrumento, sino aceptar que su oído estaba buscando otro centro.
La formación de Saraí avanzó entre la intuición y la disciplina. Tras estudiar en espacios como la Casa de la Cultura, el Centro de Educación Artística (CEDART) y los talleres vinculados a la Orquesta Filarmónica de Sonora, inspirado en El Sistema en su México natal, su avance fue rápido. Ella recuerda esa etapa como un tiempo de “entusiasmo, hambre y seriedad por aprender”. A los seis meses de iniciar estudios formales, ya estaba lista para integrarse a una orquesta juvenil, y poco después se presentó como solista en el festival “Perla de Mayo” en Navojoa. Esa experiencia, según sus propias palabras, fue “un punto de inflexión”, porque confirmó su decisión de dedicarse profesionalmente a la música.
Aunque comenzó en el violín, su camino encontró mayor profundidad en la viola. El cambio no fue casual. Antes hubo fascinación por los sonidos graves, curiosidad por el violonchelo y una inquietud que permaneció durante años. La viola apareció como un territorio intermedio, menos evidente que el violín, menos común en su entorno, pero más cercano a la voz interna que buscaba. Aboites reconoce la importancia de sus maestros en ese proceso, especialmente el impacto de escuchar la viola en contextos orquestales, solistas y de cámara. Una interpretación de la Sonata para viola y piano de Shostakovich marcó profundamente su percepción del instrumento. Desde entonces, la viola dejó de ser una posibilidad y empezó a convertirse en destino.
Su preparación académica también refleja una ruta de constancia. Obtuvo la Licenciatura en Música en el Conservatorio de las Rosas, en Morelia, en 2016, después de haber recibido apoyos como la beca de la SEP entre 2011 y 2015 y la beca Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Sonora (FECAS) en 2011. Más adelante cursó la Maestría en Interpretación de Viola en Michigan State University, concluida en 2019, donde recibió beca y reconocimiento por mérito musical. En medio del inicio de la pandemia, en 2020 continúa su Doctorado en Interpretación de Viola en la misma institución, etapa en la que también forma parte del MSU String Fellowship.
Su experiencia escénica muestra a una intérprete formada desde la práctica real del oficio. Ha participado en agrupaciones como la Orquesta del Conservatorio de las Rosas, donde fue viola principal entre 2012 y 2016; la Orquesta de Cámara de la Universidad Michoacana, donde ocupó un puesto de asistente principal entre 2013 y 2016; y la Orquesta Filarmónica de Sonora, donde trabajó como violista de sección y asistente de principal entre 2016 y 2017. En Estados Unidos, su vínculo con Michigan State University la llevó a desempeñarse en la MSU Symphony Orchestra desde 2017, tanto como principal como en sección. También ha colaborado con orquestas como Battle Creek Symphony Orchestra, Jackson Symphony y Alma Symphony Orchestra, entre otras experiencias de sustitución y colaboración.
En 2022, su perfil ya no puede entenderse únicamente desde el escenario. Saraí Aboites también se afirma como pedagoga y gestora. Desde 2014 mantiene enseñanza privada de violín, viola y voz, y ha trabajado con estudiantes de distintas edades y niveles. Ha enseñado en espacios como Jackson Symphony Orchestra Community Music School, MSU College of Music, el Dali International Quartet Festival y la Orquesta Juvenil de Sonora. En Michigan State University, su labor como parte del String Fellowship le permite acompañar seccionales en escuelas locales y apoyar el desarrollo técnico de estudiantes principiantes e intermedios. También enseña en Okemos Music Academy desde 2021.
Esta faceta pedagógica no es secundaria. Para ella, la enseñanza es una de las áreas que más la llena. Lo explica desde una mirada sensible al presente: “cada estudiante tiene un mundo y trayecto que es muy enriquecedor conocer”. En sus palabras se percibe una artista que no entiende la música como una línea recta, sino como una conversación entre cuerpo, técnica, historia personal y contexto social. Le interesan los cambios en la manera en que los estudiantes aprenden, sus desafíos de concentración, la relación con la repetición y la necesidad de encontrar paralelismos entre el estudio musical y la vida cotidiana.
La historia de Saraí Aboites como artista y violista es, en el fondo, una historia de escucha. Escuchó primero la música de su casa, luego la llamada de las cuerdas, después la voz más grave y reservada de la viola. Escuchó también a sus maestros, a sus estudiantes y a los cambios de una escena musical cada vez más amplia. Su trayectoria hasta ahora, revela a una intérprete que ha sabido convertir la curiosidad en disciplina, la disciplina en oficio y el oficio en una forma de compartir. En la viola encontró no solo un instrumento, sino un modo de decir quién es.
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